VANDALISMO, LACRA SOCIAL

12 mar


Engañados con la mentira  de que el espacio público no es de nadie, cuando en realidad es de todos, el vandalismo se ha convertido en una de las grandes lacras sociales.

Mexicali,  padece desde hace tiempo, los efectos de un fenómeno que altera la convivencia, burla las reglas básicas que permiten a una sociedad organizarse y ocasiona un oneroso gasto a un municipio con serios problemas de liquidez.

El vandalismo es a todas luces una actividad delictiva y en Mexicali, se ha hecho mas evidente en las decenas de nuevos fraccionamientos populares que irresponsablemente las autoridades estatales y municipales han autorizado construir a pesar de que existen aproximadamente 40,000 casas abandonadas en toda la ciudad.

La educación, tiene que ser un elemento central en la formación de los jóvenes. Desde su infancia, los ciudadanos deben estar concientes, de que el espacio público les pertenece tanto como su casa, o su carro; pero estando concientes también, de que esa pertenencia, no es exclusiva de ellos, sino que deben compartirla con otros: sus vecinos.

Por tanto, el respeto a unas normas básicas de convivencia es primordial para garantizar un desarrollo armónico de una sociedad.

La ciudad, es el símbolo de una sociedad organizada, regida por leyes. No es un mero conjunto de individuos, sino un modo de convivir y de estar vinculados.

El urbanismo, las normas de conducta, la sociabilidad, tienen que formar parte de nuestro acervo personal de valores. Y en este afán, la educación, en la escuela, pero también en el seno familiar, es un instrumento imprescindible. Sólo desde este ámbito, se pueden crear ciudadanos responsables, libres, tolerantes, justos, interesados y orgullosos de los bienes públicos y privados.

La educación fracasa con frecuencia y por los motivos más diversos.  Esa falla educativa, puede derivar en violencia física, intolerancia ideológica ,o  como es el caso, en vandalismo que es la más flagrante falta de respeto por el bien común, por lo público.

Estos delincuentes sociales, encuentran una inexplicable y sádica fuente de placer en destrozar los espacios públicos, que tanto dinero cuestan. En igual forma, contenedores, bardas, alumbrado publico, bancos, árboles, carros, incluso casas, son pasto de esa preocupante y extendida enfermedad  social.

Mexicali, al igual que muchas ciudades, también sufren esta lacra sin que ninguna autoridad haya encontrado un remedio eficaz para eliminarla.

Y es aquí donde debería jugar un rol central la aplicación de la ley. Una norma jurídica es letra muerta si no existe un castigo, como la privación de la libertad, en caso de su desobediencia, o ignorancia.

Casi todos los municipios tienen sus propios reglamentos que, con independencia del Código Penal, regula los castigos para los actos vandálicos, pero aquéllos suelen reducirse a  multas, cuyas cantidades fluctúan según el perjuicio causado.

Sin embargo, la dificultad para encontrar a los autores de los destrozos, que suelen actuar amparados por su familia, dejan en un mero inventario esa amenaza de sanción.

Por eso, los gobiernos locales, deberían mostrar mayor interés sobre este fenómeno creciente que afea nuestra ciudad, perturba la paz social y causa estragos en nuestros bolsillos. Intensificar la persecución de este delito y sancionarlo con el máximo rigor, deben ser prioritarios para la autoridad competente.

Quizá, la aplicación de una multa, no sea suficiente para poner fin a esta pertinaz enfermedad social, ya que en ocasiones, los autores son insolventes, o incluso menores de edad.

Algunos ayuntamientos así lo han entendido, obligando a los vándalos a reparar aquello que han destrozado. ¿Es acaso una decisión equivocada? Puesto que el vandalismo, causa un daño en la esfera de lo público, ¿por qué no su reparación también deba ser pública y evidente para la comunidad?

La experiencia demuestra que el pago de una multa,  no es suficiente para eliminar conductas erráticas. El dinero duele pero quizá más la vergüenza pública. Por eso, el escarmiento abierto, visible a todos, podría constituir un remedio útil para detener las acciones de un grupo minúsculo, pero molesto, de personas incapaces de entender que el bien público, es tan valioso como su casa, su carro, o su patineta.

Hasta entonces, seguirá siendo una tarea loable, pero inutil ,empeñarse en construir una ciudad,o una colonia  armónica, limpia, bella, civilizada, sociable, si entre sus ciudadanos, existen estos entes frustados que descargan su ira en objetos, o propiedades de la comunidad donde viven.

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