BOLETIN 470-CONOCE EL ASPAN

10 Oct

Tras 11 años de vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la nueva etapa prevista se ha llamado “TLCAN plus” en México, “NAFTA plus” en Estados Unidos e “integración profunda” en Canadá.

El nombre parecería lo de menos. Las élites de los tres países han avanzado velozmente en la conformación de un nuevo espacio político-económico, que en muchos sentidos será un solo país, el de “Norteamérica”.

Se trata nada menos que de una “fusión”, de la construcción no sólo de un mercado único, como lo manda el TLCAN, sino de lo que será en muchos aspectos un solo Estado.

A diferencia del TLCAN, que consistió en un tratado único, negociado entre las partes y con al menos una mínima revisión del poder legislativo en los tres países, el TLCAN plus es más bien una visión emanada de las élites sobre el futuro de los tres países.

Son ideas que empiezan a ser plasmadas mediante la firma de “regulaciones”, exentas, por lo visto, de la revisión del legislativo. Si bien se conoce por TLCAN plus, el nombre al final da una idea equivocada, porque no será un tratado, no habrá un solo texto, ni una etiqueta única, dificultando así su detección.

Tal vez por ello y para identificar mejor esta nueva fase, la sociedad civil mexicana, ha recurrido al también mal nombrado ASPAN, o Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte, mote oficial para las cumbres realizadas entre los mandatarios de los tres países.

Cuando el TLCAN se negoció a principios de los 90, la sociedad civil tuvo poca oportunidad de opinar. En México no hubo consulta alguna. En el Congreso de aquel entonces, todavía controlado por el PRI, hubo un simulacro de debate. Hoy la sociedad civil de los tres países, está mejor informada y movilizada, y en México el Congreso, ya no aprueba automáticamente las iniciativas presidenciales.[?]

Quizá por eso esta vez, para profundizar la integración, no habrá tratado sino regulaciones, una especie de decreto ejecutivo para impedir la consulta civil y el escrutinio legislativo.

Y por eso la importancia de conocer las ideas detrás de las medidas, para entender el futuro que las élites quieren construir en México, Canadá y Estados Unidos y para saber cómo reaccionar como sociedad civil.

Ya se han tomado los primeros pasos para la creación del nuevo espacio norteamericano en el cual México, en particular, tendrá que hacer los ajustes más profundos y los mexicanos las preguntas más difíciles sobre nuestra identidad y destino como nación.

La identidad y soberanía estadounidenses quedarán incólumes, siendo el país con más que ganar y menos que perder. ¿Las recompensas? Para Estados Unidos, el poder decidir sobre asuntos tan importantes como la “expansión” de sus fronteras dentro del marco de la seguridad regional y sobre el acceso a recursos naturales estratégicos, particularmente el petróleo, el gas y el agua dulce.

Para las élites comerciales, manufactureras y financieras de México y Canadá el TLCAN plus significará una frontera “porosa” para sus productos y servicios, y el acceso irrestricto al mayor mercado de consumidores en el mundo, el de EEUU.

Las élites del sector privado de los tres países obtendrán ventajas adicionales en esta nueva “colectividad”, pero Estados Unidos, su gobierno e iniciativa privada, serán los más beneficiados. Desde luego, los tres países no serán socios iguales, como tampoco lo fueron Canadá y México en el TLCAN. Hoy como ayer, tampoco se tomarán en cuenta las enormes asimetrías entre EEUU y sus socios menores, lo cual, previsiblemente, significará una pérdida de soberanía para éstos.

Con motivo de su décimo aniversario, en medio de los palmarés y las loas que se escucharon entre los gobernantes por los “ganadores” que ha creado el TLCAN, se omitió mencionar otra realidad: el pueblo mexicano es el gran “perdedor”.

El pueblo mexicano se debate en una situación de mayor desempleo, pobreza y desigualdad que en 1994 cuando arrancó el TLCAN. Con el TLCAN, la economía ha dejado de crear empleo para la población, que hoy se refugia cada vez más en la migración, la economía informal y la criminalidad. La Economist Intelligence Unit, afiliada a revista inglesa The Economist, establece que en “los primeros cuatro años del gobierno del presidente Vicente Fox la economía no logró crear un solo empleo formal en términos netos.”

Estos son detalles menores para los convencidos del libre comercio como los analistas del Banco Mundial, que encuentran que “los beneficios [para México del TLCAN] no fueron tan grandes como prometieron sus defensores” pero que esto se debió a que permanecen “ciertas distorsiones de comercio que el TLCAN no eliminó”.

Es decir, ante los problemas o limitantes que puede tener el TLCAN, el remedio es más de lo mismo, y más profundo. Con ello, pasar del TLCAN al TLCAN plus no es más que un pequeño salto conceptual.

Al ocupar la presidencia en diciembre 2000, Vicente Fox lanzó al ruedo en los primeros meses de su administración la idea de que era necesario avanzar más allá de la integración económica lograda con el TLCAN.

Aconsejado por el entonces canciller Jorge G. Castañeda -y éste en constante diálogo con Pastor- Fox propuso en 2001 a EEUU el TLCAN plus, una etiqueta llamativa que encerraba un objetivo limitado pero importante para México. El TLCAN que arrancó en 1994 facilitó el flujo de bienes, servicios, capitales en el área trinacional, pero dejó fuera un factor clave para México, su abundante, mal pagada y desempleada mano de obra.

Durante las negociaciones para el TLCAN a principios de los 90, EEUU no quiso ni tocar el tema de una mayor integración de los mercados laborales, lo cual con el tiempo hubiese significado el libre desplazamiento de mexicanos hacia ese país. Semejante noción habría provocado un violento rechazo entre ciertos sectores influyentes (y racistas) de la opinión pública, y el TLCAN hubiese sido abortado antes de nacer.

Ya en la presidencia, Fox llevó audaces propuestas a sus primeros encuentros con George W. Bush y las planteó con una contundencia que dejó boquiabiertos a los observadores políticos de ese país. El New York Times comentó, tras una visita de Fox a Washington que “raras veces ha llegado un líder extranjero a […] la Casa Blanca a declarar que él y el presidente de los Estados Unidos ‘tendrán’ que rehacer las reglas básicas que han regido la incómoda relación de su país con los Estados Unidos, y hacerlo en cuatro meses”

A nivel teórico Fox tenía razón. En un mercado totalmente abierto, la fuerza laboral tendría que gozar de la misma libertad de circulación que el TLCAN había otorgado al capital. Para México su abundante mano de obra es su “ventaja competitiva”, pero se topaba con crecientes barreras a la circulación hacia las fuentes de empleo en EEUU y Canadá.

Recordemos que también en 1994 empezaban las “operaciones” de la Patrulla Fronteriza de EEUU para sellar su frontera con México. El mismo reportaje del New York Times citado antes insinúa que Bush entendía y aceptaba los planteamientos de Fox (“avalando sus principios” dice el periódico), si bien discrepaba con él sobre los plazos y la viabilidad política de impulsarlos.

No había contradicción entre “operaciones” del lado estadounidense para sellar la frontera y una aceptación de Bush de revisar opciones de política migratoria. Por un lado, la situación que prevalecía no funcionaba.

No se había detenido la migración mexicana -es más, había crecido rápidamente durante los años del TLCAN. El cruce fronterizo sí se había vuelto mucho más peligroso, provocando en 10 años la muerte de 4,000 migrantes. Además, había empresas que clamaban por más mano de obra barata y no sindicalizada para aquellos empleos que los estadounidenses rechazaban. Finalmente, en aquel momento ambos mandatarios, recién llegados a sus puestos, pudieron haber tenido la disposición de romper con políticas de administraciones anteriores.

Claro, Fox no llegó a la cumbre con Bush con las manos vacías. A cambio de que EEUU dejara entrar a más mexicanos, México “sellaría” su frontera sur, para detener y deportar a migrantes de otras latitudes, en especial a los centroamericanos, cuya presencia en EEUU se había disparado en años recientes, en gran parte por los efectos devastadores del Huracán Mitch en 1998.

De hecho este paso se dio con el Plan Sur, iniciado en julio 2001, mediante la militarización por parte de México de su frontera con Guatemala y Belice, y del estrecho Istmo de Tehuantepec. Fox había pedido un tratamiento especial y privilegiado para los mexicanos, a cambio de “cazar” migrantes de otros países antes de que pudieran acercarse a Estados Unidos. La medida tuvo el efecto de “correr” la frontera sur de Estados Unidos al sur de México.

El gobierno de Fox formalizó la idea de crear un espacio exclusivo y excluyente, el norteamericano, donde cupiera México, a costa de voltear la espalda a los países latinoamericanos. La vocación “norteamericanista” de México se hizo patente con Fox, pero en realidad esto fue la culminación de políticas que comienzan en el sexenio del primer presidente de clara orientación neoliberal, Miguel de la Madrid Hurtado (1982-1988).

No es ocioso especular que Fox ofreció a Bush bastante más que el Plan Sur -posiblemente la privatización de PEMEX y la Comisión Federal de Electricidad, empeño que ha caracterizado el sexenio foxista. La falta de avance en la privatización no ha impedido que Fox aumente las exportaciones del crudo a EEUU cuando Bush se lo ha pedido, en particular en las semanas previas a la invasión a Irak.

En todo caso, el encuentro entre Fox y Bush se dio en un momento histórico radicalmente distinto. Los mandatarios se encontraron en Washington el 5 de septiembre, 2001, seis días antes de los atentados. Desde entonces el gobierno de Fox ha vuelto a cumplir el papel tradicional de México frente a su vecino, es decir, con pocas excepciones, dejar que EEUU establezca la agenda, las condiciones y los plazos.

El aspecto fundamental de la nueva estrategia nacional, mundial de EEUU se basa en la seguridad. La primera oración del documento “La estrategia de defensa nacional de los Estados Unidos de América”, firmado en marzo 2005 por Donald H. Rumsfeld, secretario de Defensa, lo dice todo con alarmante parquedad: “Los Estados Unidos son una nación en guerra”. En consonancia, el primer objetivo estratégico establece, “Daremos la primera prioridad a la disuasión, detención y derrota de aquellos que busquen dañar a Estados Unidos directamente, en especial enemigos extremistas con armas de destrucción masiva”.

Si bien “directamente” se interpreta de forma amplia, significando cualquier interés estadounidense en cualquier parte del mundo, se antepone a todo la defensa del territorio mismo del país. “Nuestra primera prioridad-establece el documento-es la derrota de amenazas directas a Estados Unidos (…) Por tanto, Estados Unidos deberá derrotar los retos más peligrosos temprano y a una distancia segura, antes de que maduren.”

En abril de 2002, EEUU creó unilateralmente el Comando Norteamericano y estableció un perímetro defensivo alrededor de ese país y de México, Canadá, el Caribe y los mares adyacentes.

El Norteamericano es uno de los cinco comandos terrestres en que EEUU ha dividido el mundo, y el universo, pues también cuenta con cinco comandos especiales, uno para el espacio cósmico.

La preocupación por la seguridad territorial se ha traducido ya en la expansión hacia fuera de las fronteras de EEUU.

Traspasarlas implica cada vez más cumplir con las mismas normas de seguridad que EEUU tiene en sus fronteras reales. Hoy las fronteras de EEUU no son las que tradicionalmente conocemos, sino los extremos de sus países vecinos. El perímetro de seguridad de EEUU se extiende desde el extremo norte de Canadá, el Océano Artico, hasta el extremo sur de México, la frontera con Guatemala y Belice.

El perímetro responde al objetivo de mantener alejado a los enemigos de EEUU, “a una distancia segura” dificultándoles el acceso a su territorio. En términos concretos, la idea es que el ingreso a Canadá o México sea igual de riguroso que entrar a EEUU. Al integrarlos a su perímetro de seguridad, México y Canadá se convierten en el colchón de seguridad extra que busca el Pentágono frente a posibles terroristas.

En Canadá hace años que se les permite a agentes migratorios y aduanales de EEUU operar directamente en su territorio, mayormente en sus aeropuertos, para revisar a pasajeros con destino a EEUU. Ahora, agentes de ese país tendrán también jurisdicción y autoridad en territorio mexicano.

En el encuentro entre Fox, Bush y el primer ministro canadiense Paul Martin el 23 de marzo, 2005 en el rancho Crawford de Bush en Tejas -la llamada Cumbre de Waco- Fox acordó un “periodo de prueba” durante el cual agentes migratorios de EEUU revisarán pasajeros con destino a ese país, pero con una presencia física en los aeropuertos de Cancún y la Ciudad de México. “Nuestros agentes en México podrían evitar que suba a un avión algún extranjero que esté en la lista de personas no deseadas”, declaró un funcionario del Servicio de Aduanas al semanario Proceso.

Las fronteras, de hecho, se han corrido otra vez, en lo que el abogado Miguel Angel de Los Santos caracteriza como una “no competencia” de los agentes estadounidenses, al violar la jurisdicción y soberanía de México. “Constituye un delito sujeto a denuncia y acción penal”, señala otro abogado consultado, Juan Ignacio Domínguez.

Fuente: http://www.ciepac.org

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