SAN PEDRO

17 Mar

Existen evidencias arqueológicas y literarias, que apoyan la creencia de que San Pedro, fue martirizado en Roma e incluso que fue enterrado en el emplazamiento tradicional bajo el altar principal de la basílica  que lleva su nombre, en el Altar de la Confesión, pero el papel preciso que jugó en la comunidad cristiana en Roma antes de su muerte, no se conoce con la misma certeza.

A pesar de las dificultades para determinar su figura histórica, uno de los más significativos elementos que aporta la tradición es también uno de los más fiables históricamente: Pedro fue el primero en recibir una revelación de Jesucristo resucitado (1 Cor. 15,3; Lc. 24,34), hecho a partir del cual surgen otros aspectos de su figura, especialmente el cambio de su nombre de Simón a Pedro.

Por las referencias que aparecen en los Evangelios se sabe que su nombre de nacimiento fue Simón. La palabra griega petros (piedra) y su equivalente en arameo, cephas, no se usaban como nombres de persona, sino que “Pedro” es una designación metafórica o simbólica que con el tiempo se convirtió en nombre propio. La acepción aramea de su nombre simbólico (cephas) pudo surgir en relación con el hecho de que Jesucristo resucitado se apareció en primer lugar a Simón para designarle como “piedra” fundacional de la Iglesia.

Basílica de San Pedro en Roma

Sin duda, Pedro ejerció una enorme influencia en los primeros años de la Iglesia primitiva y, así, se le nombra con mucha frecuencia en primer lugar de los 12 discípulos. Sin embargo, su primera imagen corresponde a la de un importante misionero y no a la de un administrador, si se considera que no se le había confiado tal autoridad sino una vocación especial para predicar y difundir el Evangelio (Gál. 2,7). Con el tiempo, su imagen de misionero se transformó en la de pastor, como puede apreciarse en las dos epístolas del Nuevo Testamento que llevan su nombre y en el apéndice del Evangelio según san Juan (Jn. 21).

Cuando el obispo de Roma empezó a ser considerado como el más importante de la cristiandad, la estampa de Pedro como pastor bondadoso se combinó con el relato de su martirio en Roma en apoyo de la teoría de la sucesión apostólica, según la cual los obispos de Roma son sucesores de Pedro, a quien Jesús encomendó las llaves del Reino de Dios (Mt. 16,19).

A partir del siglo XI la Iglesia de Oriente negó la autoridad del obispo de Roma (papa) y la consiguiente oposición a la teoría de la sucesión y autoridad del papa fue una de las causas principales de la Reforma protestante del siglo XVI.

 

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